Omar M. Melcón·

Small Tech

O cómo pasé del amor al odio por la tecnología por culpa de la broligarquía (ole el pareado), y vuelta al amor

Imagen de un botijo

No sé cuándo tuve mi primer momento de asombro tecnológico, pero sin duda uno que me marcó fue cuando, a mediados de los 90, me conecté por primera vez a Internet y logré descargar una imagen tras varios minutos de espera. Uno de los últimos, cuando hace unos pocos años tuve la impresión de estar teniendo una conversación real con una máquina.
Sentía, y sigo sintiendo, un verdadero stendhalazo ―por el síndrome de Stendhal― cuando me enfrento a una nueva tecnología y trato de entender los procesos demenciales que nos han llevado desde el primer cuchillo de piedra hasta cosas como el telescopio espacial James Webb o un stream de vídeo que ves en tu móvil mientras viajas en metro.
Esta fascinación tecnológica me hizo abrazar Internet intensamente cuando aquello aún era un erial, y se convirtió en un espacio enorme de mi vida personal, pero también en el lugar donde terminé desarrollando toda mi actividad profesional.

La industria lo ha jodido todo

Pasados los años, fui viendo cómo lo que había conocido como un espacio de conexión, de descubrimiento, de diversión y de libertad, se transformaba en un descomunal centro comercial controlado por un puñado de grandes empresas que se peleaban por nuestra atención.
Las redes sociales fueron mutando en puros canales de distribución de contenido y promoción (y esto sin entrar en la desinformación, el acoso o la difusión de las ideas de la extrema derecha, que dan para otro artículo bien largo).
Internet se llenó de jardines vallados, de algoritmos que controlan lo que vemos y que hacen lo posible por mantenernos pegados a la máquina tragaperras, de vigilancia y mercadeo de datos personales. Un territorio donde los usuarios fueron degradados de ciudadanos a recursos.

Cory Doctorow acuñó en 2022 el término enshittification (mierdificación) que describe todo esto. El ciclo vital de la plataforma online nace cuando la tecnológica de turno ofrece al populacho algo verdaderamente útil. Según va aumentando el número de usuarios, la plataforma va mutando y dirigiéndose cada vez más al negocio a costa del público general, que ve impotente cómo lo que antes era algo agradable de usar se llena de mierda y deja de serlo, pero que es incapaz de irse porque el coste social y esfuerzo por dejarlo son mayores que su incomodidad. La plataforma se va acercando a su forma final cuando abusa tanto del usuario raso como del cliente corporativo en un empeño por extraer el máximo valor. Hasta tal punto que en cierto momento ya no hay manera de retenerlos. La plataforma, despojada de todo valor, muere.

“El crecimiento por el crecimiento es la ideología de la célula cancerosa”.

―Edward Abbey

Esto es así por el ideal de crecimiento ilimitado y exponencial que impera en Silicon Valley (y por tanto en buena parte del sector en todo el mundo). A las startups que siguen este credo no les importa no tener ingresos (a veces durante mucho mucho tiempo) mientras atraigan usuarios nuevos. Los inversores los mantienen vivos y su única meta es crecer desaforadamente, engordar como una garrapata dorada. Ya llegará el momento de sacar dinero de sus usuarios, ya les saturarán a publicidad, venderán sus datos o harán que trabajen gratis para la plataforma.

Hace años que empecé a sentir un profundo desencanto por este modelo (no es por fardar, Cory, pero antes de que inventases el término). Empecé a irme de plataformas ―Facebook la primera― y llegó a repugnarme tanto en lo que se habían convertido Internet y mi sector profesional, que fantaseé con dejarlo y dedicarme a otra cosa.
No lo hice. Además de que suponía abandonar dos décadas de aprendizaje en algo que realmente me gustaba, me di cuenta de otra cosa: esto no tiene por qué ser así.

Ni es natural, ni inevitable

Veo en el discurso ―a favor y en contra― una concepción de la tecnología como fenómeno natural que sigue su curso sin nuestra participación, con consecuencias determinadas e ineludibles. Pero no, la tecnología se modela a golpe de decisiones humanas. Cada tracker que registra nuestra actividad, cada venta del perfil resultante a anunciantes y corporaciones, cada modificación en el algoritmo para mantenernos pegados a la pantalla han sido diseñados por personas. No es la IA quien decide destruir puestos de trabajo (al menos no de momento), es un señor.

Siempre ha existido una resistencia dentro del sector tecnológico, un núcleo de irreductibles programadores que se negaron a que el usuario perdiese el poder. Miles de proyectos, plataformas, servicios y aplicaciones alternativos tratan al usuario con respeto. Pero creo que, durante años, además de las evidentes dificultades de difusión a las que estas iniciativas se enfrentan para alcanzar al público general, ha habido una barrera de accesibilidad. Muchas alternativas estaban reservadas para gente con conocimientos técnicos amplios, o lo suficientemente motivada como para sacrificar mucho tiempo, esfuerzo, utilidad y comodidad en pos de su independencia digital.

Pero creo que esto tampoco es necesario. Cada vez hay más alternativas a las grandes tecnológicas que, en muchos ámbitos, no son solo más éticas, sino que también funcionan mejor, son más bonitas, más útiles ―por ejemplo, cualquier Linux medio hoy en día es más fácil de instalar, funciona mejor y está visualmente más depurado que Windows―.

Y esto es lo que me devolvió las ganas de seguir en la industria. Ni el Mal es necesario, ni la alternativa tiene que suponer una renuncia o estar reservada a una élite.

Small Tech

Hace unos días pensé en cómo sería esa salida de la big tech, y se me ocurrió este término. Era un juego de palabras obvio y me pareció probable que alguien lo hubiese usado. En efecto, una pequeña organización irlandesa (Small Technology Foundation) ya lo había acuñado.
En espíritu, lo que yo me planteaba coincide con su idea de small tech, pero difiere en varios puntos ―por ejemplo, para ellos es importante el carácter no comercial, mientras que yo pienso sobre todo en proyectos comerciales―.

Para mí, una alternativa a la big tech debería cumplir estos parámetros:

  • Centrada en quien la usa: las plataformas digitales no pueden ser un escaparate para otro negocio. Si quien paga es distinto a quien la usa, obedecerá a los intereses del primero, no del segundo ―contemplemos aquí todas las excepciones, como fundaciones, ONGs y organismos públicos―.

  • Centrada en la sostenibilidad y no en el crecimiento: el proyecto tiene que ser viable sin millones de usuarios, sin inversiones demenciales, sin quemar una selva tropical en el proceso.

  • La small tech es un prado abierto: yo no creo que los productos digitales deban ser necesariamente open-source, pero sí que las plataformas deben ser transparentes y abiertas. El usuario tiene que ser dueño absoluto de sus datos y debe poder irse con la misma facilidad que entró. También deberían tratar de usar ―¡o crear!― estándares abiertos.

  • Tiene que ser fácil de usar: si la tecnología que aspira a sustituir al Maligno no resulta atractiva ni sencilla de adoptar por el usuario común, seguirá siendo la alternativa para una pequeña élite de iniciados.

Hace tiempo que me puse a idear productos con esta meta en la cabeza, y este mismo blog (letr.es) es uno de ellos, que me vino cuando decidí empezar un nuevo blog ―séptimo de mi vida, por lo menos―. Tenía la opción de alojarlo yo mismo usando Hugo o algo parecido, pero no me atraía la idea de pelearme con la parte técnica. Las opciones más comerciales (Medium o Substack) me evitaban esto, pero no quería volver ahí. Descubrí un montón de alternativas que se acercaban más a mis demandas éticas, y que estaban muy bien, pero siempre había algo que no me convencía ―habitualmente el editor de texto―. Quería sentir gustito al escribir. Así que me volví loco y decidí construirme una plataforma propia. Este es el resultado.

Nota en absoluto necesaria: me encanta el guion largo o raya ―esto―. Tiene una manera de acotar visualmente mucho más poderosa que el paréntesis o la coma. Lo llevo usando años, mucho antes de que se convirtiese en una especie de firma de autoría de la IA.
Uso modelos de lenguaje open-source a diario, pero ni una coma de este artículo ha sido generada por uno de ellos. Sin duda estaría mejor escrito.

Topics

  • tecnología

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